Por Laura Cristina Barbosa Cifuentes
La ciudad de Alepo, Siria, vivió horas de miedo y caos luego de que un ataque con drones, atribuido al grupo armado YPG/SDF, impactara el edificio de la gobernación mientras se realizaba una conferencia de prensa con la presencia del gobernador Azzam al‑Gharib, el ministro de Información y el ministro de Trabajo.
Según la Dirección de Medios de Alepo, el ataque tenía la intención de intimidar a los medios de comunicación y silenciar a quienes informan sobre los hechos en la ciudad, generando temor entre periodistas y funcionarios locales.
Pero más allá de los edificios y funcionarios, quienes sufren de verdad son las familias que viven cerca del epicentro del ataque. En los últimos días, la violencia ha dejado nueve muertos, 55 heridos y ha obligado a más de 165.000 personas a abandonar sus hogares, huyendo hacia lugares más seguros con lo poco que pudieron cargar.
Niños que veían su rutina interrumpida, madres preocupadas por la seguridad de sus familias y vecinos que intentan protegerse del caos: todos forman parte de esta cruda realidad que la guerra sigue imponiendo.
Organizaciones humanitarias alertan que esta escalada agrava la crisis humanitaria en Alepo, donde el acceso a servicios básicos como agua, electricidad y atención médica se ha visto severamente afectado. La población se enfrenta a un dilema constante: quedarse en sus casas bajo riesgo o huir y perderlo todo.
Mientras tanto, las autoridades locales hacen un llamado a proteger a los civiles y garantizar corredores seguros para quienes buscan refugio, pero la sensación de inseguridad persiste. Este ataque no solo deja daños materiales, sino también heridas emocionales profundas en una comunidad que, tras años de conflicto, sigue luchando por sobrevivir y encontrar algo de paz en medio del miedo.
